Sujeto cero: Proyecto Kairós

Ese día había comenzado como cualquier otro.

Dado que lo más valioso era el tiempo, la vida estaba regulada cuidadosamente para su mejor provecho. Cada día de clases ella anhelaba los días de descanso, pues sólo en estos estaba permitido dormir dos horas más de lo usual, pero los días de clases había que levantarse demasiado temprano para su gusto y, por lo tanto, su cuerpo se negaba a responder por la mañana.

Debido a sus problemas para poder responder ante estos horarios, sus padres habían instalado en su pieza muchos relojes para despertarla, cada uno puesto con un minuto de diferencia del otro.

Así, como todos los días, apagó trabajosamente cada uno de los relojes y se levantó luchando contra lo que su cuerpo quería.

Al llegar a clases y entrar a su sala vio a unos hombres muy bien vestidos, con la pulcritud que caracterizaba al gobierno. La verdad es que cada cierto tiempo venían esos hombres a supervisarlos a través de exámenes, pero ese día fue diferente.

El examen era demasiado extenso, tanto que fue incapaz de terminarlo. Tardó demasiado tiempo realizando algunos dibujos que se solicitaban, especialmente porque le gustaba dibujar y tendía a tomarse su tiempo para poder realizar cada detalle que consideraba relevante, pero no alcanzó a contestar todas las preguntas. Tiempo después se enteró de que el examen era el que decidiría su contribución a la sociedad y que, a pesar de que solía ser tomado en dos ocasiones en la vida, el suyo era inapelable; sería una pérdida de tiempo tomar dos. No había manera de rehabilitarla, reeducarla o disciplinarla, no tenía esperanza: ella era una creativa.

Recordó que el día que fueron comunicados los resultados su familia se quebró. Vio como sus padres estaban entre el llanto y rabia, emociones poco frecuentes en adultos.

– Es culpa de tu padre, te dije que no debíamos exponerla a tener contacto con él- replicó la madre.
– Siempre pensé que era un poco tonta, pero esto, nuestra familia estaría condenada a la extinción si no fuera por su hermana.
– Es una vergüenza para nuestra familia, nuestro honor es lo único que tenemos.
– ¿Crees que deberíamos…?
– No, absolutamente no, aun es parte de nuestra familia.

Sus padres hablaban como si ella no estuviera presente, ni siquiera intentaron disimular frente a ella y las expresiones de desprecio que conoció ese día se volverían las expresiones habituales que otras personas pondrían frente a ella.

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